La Patria Sagrada

Los caminos de la Bahía ya no nos llevan a Roma, por suerte o por desgracia. Desde que la vía Heráclea desapareció bajo nuestros pies descalzos, perdimos por un instante el rumbo por no tener destino en el viaje, así que nos sentamos en la orilla del mar, y allí sería donde nuestros caminos acabaran.

Fue así como Roma quedó huérfana de gaditanos. Ya los ojos color océano no se volvieron a posar sobre la colina del Capitolio, ni brillaron al pasar por el Ara Pacis. La luz que entraba por el óculo del Panteón era menos divina, y el Gaditanorum del anfiteatro Flavio guardaba la esperanza de volver a ser habitado.

Roma se moría entre ruinas, bajo una capa gris de nostalgia, esperando a que la Bahía volviera a sus foros y quartieri.

El gaditano anduvo hasta su mar, convirtiendo el final de sus caminos en ciudades. Y dejó de ser romano para confirmarse como antiguo hijo fenicio. Se pasó por visigodo, almohade y castellano. Pero fuera de la confesión que algún dios despistado le dictara, se convenció en un dogma: al final del camino, siempre un templo donde reposar.

Han sido varias veces las que he vuelto a Roma con intención de recuperar la unión entre mis dos orillas. Para ser intermediario entre Andalucía y el Lazio. Como gaditano. Como roteño. Y al ver que ambos lugares ya eran el catafalco de mi memoria cansada, me arranqué un jirón de espíritu para que ondease sobre la linterna de Sant’Ivo alla Sapienza. El otro recorte está atado en el campanario que despide a las barquitas que entran y salen del muelle. Que ya todos los caminos no llevan a Roma, pero de Roma a Rota hay un nudo sobre el mar que las acerca.

Los caminos que llegaban a Rota eran cuatro: tres por tierra y uno por mar. Y qué curioso es, que en la silueta de esa Rota añeja se reconoce desde que el pueblo es pueblo las formas de un templo. Ya fuera un supuesto oráculo, un ribat, un almonastir o una iglesia. Hasta que un año el siglo XVI se presentó frente a las murallas, y los cuatro caminos de Rota se unieron intramuros para crear una gran nave de bóvedas sobrias.

De las bóvedas colgaron columnas, de las que nacieron nervios de piedra, enlazándose arterias y alveolos de dorado ostionera al compás de los canteros. Y por si no fuera suficiente, la mano virtuosa orientó al viento de Levante para labrar un gran altar de ventanas ciegas, porque como sabemos, lo velado es más bello. Todo a oscuras excepto un hueco a la izquierda, por donde se colaba la luz que ya no visitaba al Panteón. Como si el templo se hubiera levantado en pleno Capitolio, siendo un ara de la paz para todo aquel que quisiera cobijo. Un rotennorum.

Ningún roteño es consciente de la obra tan arrebatadora que se enclavó al final de nuestros caminos. Nadie agradece al artífice que quisiera descansar eternamente en este borrón del mapa, alzando un monumento funerario único. Monumento que finalmente no lo habitó la muerte, siendo entonces cenotafio de sus mecenas. Que de Roma a Rota hay una letra de distancia, y un gran templo donde resguardarse. Donde la muerte venció a la muerte.

Monumento. Cómo juega con nosotros la palabra que describe a nuestro altar de la O. Monumento, que nace del latín monere, significa recordar. Literalmente. Y quien piense en Rota y no recuerde la que consagraron a la Señora de la Expectación, es que tiene que desandar sus pasos y volver a la orilla de los muros que la defienden. No importa en qué o quién creas. Si vienes a mi templo, debes seguir el protocolo para acabar tu travesía.

Deja en la plaza todo símbolo que te pese: bandera, religión, moral y prejuicios. En ese momento, cuando sólo seas un ser humano ante el umbral de acceso, saca tus manos de los bolsillos para que el aire te las impregne de marea. En el templo siempre se entra con las manos ungidas en salitre, porque las abluciones en la Bahía son de agua salada.

Ahora, querido Lázaro, anda.

Hay dos maneras de entrar en su penumbra. Dos formas de perderse en su abismo. La primera es atravesando el arco principal, el de siempre. Ese que da una bocanada para que la cruz en soledad no choque con el dintel. El que se moldea a la silueta de unas bambalinas cuando queremos pasear nuestra amargura bajo palio.

A la izquierda, junto a la fuente, el patio es la otra opción. Para poder observar su fachada tosca y potente, con esos enormes contrafuertes que te hacen sentir pequeño. Y bajo el cielo enmarcado por capillas. Parece que el viento lleva nubes de incienso.

Abandonado lo mundano a la espalda, estás tú, sumido en una atmósfera silenciosa y con la claridad precisa. Recorres las columnas con la mirada hasta subir a los tres grandes ventanales que marcan el Poniente. Y en tu cara roza la luz que brota de las celosías allá arriba.

Es cuando comprendes el significado de monumento, de recordar. Tú santo Tomás, que no valorabas estas palabras y si no ves no crees. Tú san Pablo, caído de lomos de tu modernidad para besar la tierra donde reposa tu calma. Tú ante la mística de todos los santos de la Gloria.

En esa gran nave de piedra es el lugar en el que guardamos los habitantes de esta tierra santa nuestra memoria. El rotennorum. Un templo divino que torna en gramola de mareas cuando el temporal amenaza. Y el sonido de las olas rompe contra las nervaduras, porque también quiere formar parte de este milagro el mar con todos sus dioses paganos.

Olvida si quieres este texto que lo último que pretende es ser un panfleto turístico sin alma. A mi iglesia se viene a sentir, a convertirse en un ser atemporal. Que la última ley sea el ahora.

Ahora, que soy una piedra más de su campanario, de este mascarón de proa que mira al que viene y va por las callejuelas.

Querido receptor, que las apariencias no te engañen. Y que lo aparente no sea motivo para desvalorizar lo sobrio. Ojalá, cuando entres la próxima vez en el templo, alces los ojos y recuerdes mis palabras. Para que en la oscuridad de tu pecho resuene aquello que leíste, y con voz potente te digas a ti mismo:

Estoy pisando patria sagrada.

En la Bahía de Cádiz,

a 24 de septiembre de 2019

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