La Patria Velada

 

Todos guardamos en la retina momentos clave, y para mí no fue menos aquel domingo soleado en Nápoles. Mis amigos me dejaban en la esquina de la via Francesco di Sanctis para buscar una terraza y darse un respiro de tanta iglesia, mientras yo me quedaba allí solo. Iba a encontrarme por primera vez con alguien que únicamente conocía por postales. Alguien que había unido por arte de magia mi vida a la de otras personas.

Crucé el umbral de la cappella, hoy desacralizada, y mostré a un empleado mi entrada. En un italiano improvisado le pregunté si podía fotografiar el interior, llevándome de souvenir un bonito “no” por respuesta y la pena de guardar mi cámara en la mochila. Eso significaba que íbamos a estar cara a cara, sin un objetivo de por medio. Los nervios ya me subían a la garganta.

Diez pasos hacia el altar y allí estaba, en el centro del templo, sin nada que nos separase. El mármol aún caliente, la firma recién tallada, el sudario sin estirar. Me acordé por un segundo de una buena amiga romana que al ver la Macarena por primera vez sólo supo pronunciar “¡Es ella!”. Como si se hubiera topado con una famosa de Hollywood, al haberla encontrado tantísimo por Sevilla en azulejos, cuadros, recuerdos y poemas; “La Audrey Hepburn de San Gil”, le contesté para dar pompa a su asombro inocente.

Ahora era yo el que decía “¡Es él!” ante el Cristo Velato que Giuseppe Sanmartino nos regalara un día de 1753, bajo la mirada atenta del genio y mecenas Raimondo di Sangro. Qué más me daba cualquier actor del método, por fin conocía a la estrella de Nápoles. Y fue cuando sufrí el primer stendhalazo de mi vida: corazón en la boca, vértigo y falta de aire. Porque llevaba años esperando el momento de acercarme a aquella escultura de un cuerpo que sigue en tensión a pesar de haber abandonado su alma. Porque el Arte existe para clavarse en tu pecho y hacerte caer en éxtasis a lo Teresa. Porque la gran belleza se encuentra y yo estaba ante ella, en la cappella Sansevero. Que sí, pero qué malito me puse allí mismo en un momento.

Volví de Nápoles con la imagen del Cristo en la cabeza. Podría recordar cada detalle de su anatomía, el número de pliegues de la sábana y la sensación pasajera que con un susurrado “levántate y anda”, ese hombre se hubiera desperezado del lecho tibio. Comencé a ver su silueta en todo lo que observaba y creaba: mi fotografía se hizo sombra y buscaba la intimidad de la duermevela. Mis palabras formaban historias sobre el pasear entre la vida y la muerte, Caronte mediante.

Mis ojos imaginaron tapar con bruma la bahía: ya no había marcha atrás, el mármol se había apoderado de mi memoria. Y sin querer ese manto etéreo me lo arrebató el Levante de las manos, haciéndolo libre e infinito cuando lo dejó posar lentamente sobre todos los pueblos que habitan entre el Guadiana y Cazorla, Sierra Morena y el Estrecho.

Había velado a Andalucía. 

Debo reconocer que, llegado a este punto del artículo, tuve que dejar de escribir durante mucho tiempo. Es difícil hablar sobre algo incorpóreo como Andalucía; sobre una cultura que está cimentada en el sentimiento. Escribir sobre mi tierra es como dedicarle unas palabras a una madre. Es decir, exteriorizar un mensaje y lo que se guarda tan adentro sobre alguien que conoces a la perfección y te ha acompañado en tu caminar desde la fecha de tu nacimiento.

Pensé componer un alegato con rabia, melancolía y altas dosis de chauvinismo. Nada era suficiente para descifrar a Andalucía a través de un Cristo muerto. Porque Andalucía, como la muerte, no se explica: se siente. Hice y rehíce hasta que me paré a pensar en lo que esconde mi memoria andaluza a la hora de crear. Patios, templos, azahar y luz. En resumidas cuentas, más que con lo tangible, me quedo con la sinestesia que la realidad del sur me otorga.

Ya la tierra está velada. De sus ocho llagas brota agua convertida en Río Grande. El tiempo aguarda en la penumbra, adormilado y a la espera. Si hemos convertido Andalucía en un Cristo Velato, Andalucía es nuestro cuerpo al que custodiar en el tránsito hacia la muerte y el retorno a la vida. Y he venido aquí a hablar sobre Andalucía, andalucismo y su liturgia.

Muchas serían las maneras de abordar un tema tan delicado como son los nacionalismos. Pero que nadie se incomode, el andalucismo no entiende de política y traspasa esa frontera con muchísimo Arte. Hablamos de una religión que mezcla todo lo sentido espiritualmente en este punto geográfico del mundo, teniendo en cuenta el lugar donde nos encontramos: tierra donde confluyen dos continentes. Es sumergirte en una cultura tan rica y enraizada desde que uno abre los ojos, que con el paso de los años no nos damos cuenta de todo lo que sabemos. Nuestras fiestas no son excusa para librar en el trabajo: es un auto de fe que recoge siglos y siglos de historia para profesar nuestros credos a pie de calle. El carnaval, la Semana Santa, la feria: todo es religión.

Andalucismo es levantarse un cuatro de diciembre de un año cualquiera, lanzarse sobre los adoquines con una Arbonaida (el nombre de nuestra bandera) y pedir tierra y libertad. Desperezarse al grito de “¡A esta es!”  y que una marea blanca y verde tome las plazas. Una procesión de fieles, un cortejo infinito delante de Nuestra Señora de Andalucía, aquella que Romero de Torres pintara para que fuera santa y gitana patrona de la tierra. Andalucismo es el no quedarse apoltronado en el sofá para ir a votar por un referéndum de autonomía que quiso ser realidad antes que sonaran tambores de guerra. Sin más ideología que un pueblo cansado de ser charanga y pandereta. Y al día siguiente, volver a dormir el sueño de los justos para no despertar jamás.

Andalucista es quien toma un puñado de arena y dice “señores, esto fue Roma”. Y en la otra mano tener un poco de Damasco. Porque el andaluz pecará de muchas cosas, pero su nacionalismo no busca alzar fronteras: las derriba. Un pamplina sería aquél que busque la exclusión a través de su sentimiento de patria, cuando por aquí han pasado tantas y tantas culturas en solemne besamanos. El racismo no está permitido, no tendría sentido. Tu vecino tiene sangre morisca, tu amiga nace de hijos de Sefarad y tú, posiblemente tengas algún antepasado genovés.

Ser andalucista es vivir de por vida en el silencio eterno de Virgen del Valle.

O ser custodios de la herencia y esconderla para que nadie nos la robe en un templo que ni es musulmán, ni cristiano y arriano. Que le llamaron mezquita y la apodamos catedral. Y no busca la Meca, su qibla se orienta hacia el sureste para rendir culto al río antes que a ningún lugar. Porque Dios no vive ni en Jerusalén ni en tierras lejanas, está dentro del aire que encierra Córdoba en un bosque inmenso de columnas. Porque es andaluza la forma de llamar a Dios, y en cada ole dejamos constancia de su presencia.

Andalucista es el alminar más bello entre todos los alminares que existen, y para más inri, lo corona la fe. Pero ésta no queda sólo en la veleta que marca los vientos: en cada ladrillo que la forma hay una oración. Oraciones que comienzan en sus cimientos, cal romana y expoliada. Suben por su cuerpo y se lanzan al vacío desde los balcones que vigilan los cuatro puntos cardinales; para romper contra todas las campanas que anidan allá arriba. Si quieren ver resumida toda la Historia de Andalucía en un vistazo, por favor, busquen entre las calles de Sevilla un libro de piedra al que le decimos Giralda.

Andalucismo, nuestro andalucismo libre y místico quedó atrapado a cal y canto entre los patios de una fortaleza que cambió de dueños; pero no pudieron vencer al espíritu. Y después de siglos, ese espíritu sigue estando reflejado en albercas y surtidores, entre salones donde la palabra Andalucía resuena aún sobre las paredes con su nombre escrito en una lengua que fue olvidada, o nos obligaron a olvidar. Pero la memoria no se queda en el edificio: la guardamos en la garganta como oro en paño y nosotros, maestros de la lengua, seguimos formulando el sonido que escucharon los naranjos de Granada.

Cómo no vamos a velar a Andalucía igual que Sanmartino veló a su Cristo, si ambas son obras cumbres de la inteligencia humana. Cómo no la vamos a velar si busco que te quites ese sudario y resucites al tercer milenio. Cómo no.

Aunque todo lo velado sea más bello.

Ahí queó.

 

*Fotografías y texto Javier A. Martínez

 

 

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