La Patria Perdida

 

Mientras escribo este artículo (la manía de redactar siempre a mano primero), solo tengo tres objetos sobre la mesa: el cuaderno de trabajo que nunca abandono,  ‘Las Ciudades Invisibles’ de Italo Calvino y una vieja revista de la serie ‘Rota y el Rosario’. La elección no es caprichosa ni el motivo aleatorio: quiero hablar sobre Patrimonio y nuestra villa. Quitándome el hábito de arquitecto, olvidando las normativas sobre el tema y la nostalgia de aquel pasado que ya no existe; ni somos Woody Allen, ni esto es Medianoche en París. No soy escritor, ni historiador, ni artista: aquí estoy como un roteño más al que sus piedras le duelen.

Calvino, en su libro, nos regala la historia de Maurilia. Marco Polo, al llegar a la ciudad, habla con el local que le muestra la urbe como fue antaño mediante viejas postales. Compara lo desaparecido con lo que lo ha sustituido. Por tanto, el viajero se debe cubrir las espaldas, y tener en cuenta dos puntos de vista antes de abrir la boca: elogiar lo pintoresco que era Maurilia en su momento, y la necesidad de cambio en la ciudad para poder prosperar. El fragmento remata explicando que una ciudad nunca tiene por qué ser la misma. Nace y muere, se superpone una a otra, incluso los dioses del lugar pueden marcharse para dejar espacio a otros extranjeros (¿Les suena de algo?). Por tanto, el origen de un pueblo, entendiendo pueblo como ciudad y sus habitantes, es posible que se pierda a pesar de mantener entre sus mujeres y hombres las mismas facciones, el mismo acento, o pertenecer a la misma tierra donde se asentaba la Maurilia desaparecida. Italo Calvino hablaba sobre las Venecias que convivían en su mente y las pasó al papel, pero también podría referirse a cualquier otra ciudad. Podría haberse inspirado perfectamente en Rota y su historia.

 

 

Y es que el origen de Rota es tan bello, que me sorprende que aún no seamos conscientes del devenir del lugar donde habitamos. Desgraciadamente, aún no se sabe apenas sobre la posición que ocupó lo que conocemos hoy como la villa en épocas remotas; según las catas arqueológicas realizadas, sería un núcleo diseminado de pequeños puntos de producción relacionados con la pesca, en conexión con Gadir/Gades. Alguna pieza de cerámica, una moneda extraviada, hornos… el subsuelo no nos ha dado muchas pistas, al menos que nosotros sepamos.

El Genius Loci (el espíritu protector de un lugar para los romanos, concepto luego utilizado en Arquitectura) de Rota se enlaza con esta tierra mediante la búsqueda de un lugar de paz. A ciencia cierta, sobre las rocas que avanzan hacia la bahía se levantó un día una torre de vigilancia, que miraría al horizonte defendiendo la costa. Para, con el paso del tiempo, convertir esa atalaya de piedra en un ribat. Palabra que nos resume como pueblo, y la conocemos de pasada de folletos turísticos y visitas guiadas.

Según la RAE, ribat (en árabe clásico), rábida en castellano, es una “fortaleza militar y religiosa musulmana edificada en la frontera con los reinos cristianos”. Para mi gusto, un tanto escueta la descripción, pero la RAE no entiende, ni lo necesita, de las cosas que tienen alma; Bukowski no podría haber pertenecido a la Academia. Nuestro ribat estaba posicionado estratégicamente en el fin del mundo conocido, del Non Plus Ultra (lo siento Carolvs, Non es Non). Un castillo con dos funciones principales, luchar contra el mar y sus peligros, y señalar la dirección a la Meca. Un lugar de peregrinación para el pueblo musulmán que anhelaba la calma y el perdón en el final del camino, al igual que un cristiano se enfrenta a conquistar Santiago paso a paso.

 

 

Dejamos claro, por tanto, que Rota nace a partir de la búsqueda de paz, del retiro espiritual, para dejar la tierra a las espaldas y que el caminante se pudiera fundir con el mar. A partir del ribat, se inicia el proceso evolutivo urbano lógico de la época: tenemos un elemento que nos defiende, vamos a acercarnos a sus muros para sentirnos seguros. Y así, casita a casita, dando a luz patios y adarves, Rábita Ruta acabó enmarcada por una escueta muralla que, más que imponer al enemigo, su función era separar la ciudad del campo: el mundo conocido de lo desconocido.

Pasan los siglos, y sus habitantes cambian su lengua, religión y manera de afrontar la realidad obviando los momentos de despoblación del núcleo urbano. Sobre las ruinas del ribat se alza un nuevo castillo, de una antigua y primitiva iglesia nacen bóvedas de crucería. Las puertas de las murallas mutan, nuevos arrabales se derraman más allá de las almenas. Una torre de convento aparece, crecen como las flores silvestres ermitas en la orilla de los caminos. El tiempo se antoja paralizado en donde el mapa hace frontera con el océano: pero un americano entra en escena, le da cuerda al reloj de la plaza, y de tanto correr la ciudad se desploma bajo los pies del roteño. Y finalmente llegamos los herederos, recogemos los cascotes y escombros del suelo y pensamos ¿qué habéis hecho?, ¿ha cantado un gallo después de traicionar a vuestros muros?

Ahora miro la imagen de Rota antigua de la revista. Ahí sigue el muelle viejo con sus faluchos. Mis piedras libres del espigón y como prólogo al arco, con el faro sobre sus matacanes, la batería Duque de Nájera, las azoteas con la ropa tendida, el rompeolas… Tranquilidad, no caeremos en la incongruencia. Ya hemos dicho que aquí no existe ningún complejo de la Edad de Oro, ni mis palabras están escritas desde la nostalgia. Pretenden enfrentarse a un presente al que le faltan elementos del pasado, cuya ausencia no ha servido para mejorar el futuro que nos depara.

 

 

Señoras, señores: los dioses de Rota se están muriendo. Así, sin anestesia. Durante medio siglo XX ha estado tan ciego el local de esta tierra santa ocupado en otros menesteres (¡Bienvenido, Míster Marshall!), que miraba a la bahía mientras Rota se desplomaba al ritmo salvaje de la piqueta. Perdón: la desplomaban. Pondremos tres ejemplos sobre la mesa.

Recuerden el Castillo de Luna como era antes de convertirse en palacio municipal. De hecho, muchas de nuestras madres y abuelas estudiaron en el colegio que acogió durante décadas, y lo conocen al detalle. Mantenía su belleza oculta pero latente, devolverlo a la vida era una operación de sensibilidad y cariño. Pero la década de 1990 se llevó consigo la esperanza de hacer eterno al edificio emblema de la Villa. Escaleras monumentales de pastiche, derribo de muros con frescos mudéjares, reconstrucción de almenas emulando el ayer que no volverá, colores inapropiados en un patio despojado de esencia. Se encuentra más pureza de nuestro castillo cuando su sombra se proyecta al caer el sol en la fachada de la iglesia, que en la volumetría mentirosa en la que lo han convertido. Ya sólo queda paz en la ausencia de luz.

 

 

Esto no acaba aquí. Sigamos el paseo hasta llegar al ¿Arco? de Regla. Mariano Pérez Humanes, en su libro Estancias en Rota (lectura obligatoria para comprender nuestro pueblo), bien dice que a día de hoy sería imposible deducir que lo que tenemos delante formó parte en su momento de un sistema defensivo. En las postales queda el sabor de una puerta convertida en capilla, con su cruz de madera detrás del cristal del camarín diciendo adiós al que iba y venía. Y nos lo cambiaron por una invención absurda de los años setenta revestida de gotelé. Gotelé. Sí, gotelé. Ya no volveremos a ver la luz que Juan Lara capturó en su cuadro de aquella viejita entrando a intramuros mientras el sol apuntaba mediodía; menos mal que en nuestra lista de monumentos humanos tenemos a Manuel Tosar para devolvernos con sus pinceles la Rota de su memoria, siempre bailando entre la abstracción y la figuración.

Y el Patrimonio que más me duele… El siempre olvidado, menospreciado: la Arquitectura vernácula. Vernácula, nacida aquí, casas que trascalan. La riqueza de esos callejones donde la secuencia del espacio lleva al visitante entre la curiosidad y el morbo: casapuerta-patio-luz-pasillo-escaleras-patio-sombra-pasillo-casapuerta. Una combinación interminable, maravillosa y genuina. Pero esas viviendas un buen día se agarraron a sus muros fuertemente, miraron al suelo y esperaron a que el verdugo diera el golpe final. El levante ya no corre por el brocal de los pozos. Carmen y María no riegan más sus geranios de colores. El café ya no huele bien temprano en aquellos patios de vecinos… sagrarios urbanos donde la vida sucedía sin prisas. Sagrarios expoliados para construir sobre lo que era único, algo que se puede encontrar en cualquier lado. Para que nos entendamos: viviendas para estimular un turismo que aporta muy poco al pueblo y que dura lo mismo que una estación. Pero esto ya es otra guerra en la que ahora no entraré.

 

 

Así que aquí nos vemos, roteños dormidos, viviendo entre los escombros de una ciudad mutilada a la que, si no respetamos y la tratamos como se merece, sus dioses como en la Maurilia de Calvino harán sus maletas, tomarán el barco de la hora y se perderán en la bahía. Como la memoria de todos aquellos mayetos. Como los marineros que habitaban las callejuelas. Quedándonos huérfanos de espíritu, y sin la paz que nuestros ancestros buscaban en este rincón de la tierra.

Alberti preguntaba en su sentido Rota Oriental dónde estaban nuestros huertos. Ahora, mi Rafael, te pregunto yo a ti: ¿Dónde está Rota?

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *