¡Repatríen a Chaves Nogales!

 

Ni la élite literaria española, ni parte de su propia familia, ni los recién graduados en el oficio de andar y contar entendemos por qué el periodista más ecuánime del siglo XX en nuestro país sigue enterrado –sin lápida- en Londres.

 

“Nadie aprende a morir, porque nadie ha envejecido. La existencia es un encantamiento, que se rompe brutalmente en la hora definitiva. En nuestra ciudad, la muerte es siempre un asesinato”. Manuel Chaves Nogales.

La Ciudad, 1921.

 

Una macetilla de narcisos y un London Evening Standard del 23 de febrero de 2018 están colocados en una superficie de tierra frente a un árbol cortado y herido. La hora es fría y el lugar inhóspito, y a pesar de tan desvencijadas condiciones meteorológicas, no hay peor sensación térmica y espiritual que la que puede sentir alguien que dio su vida por contar y que su recompensa fuera el exilio, o lo que es peor: el olvido.

 

En esa tumba que hoy siento como mía, no hay tres sonetos admirados de Manuel Machado (“Los hombres son los hombres, y hay cosas en la vida…”), ni aún se cree que el Señor del Gran Poder fuera tallado por Martínez Montañés, allí no se relacionan las cofradías con la República, ni Juan Belmonte sale de la plaza de Madrid “hecho un pingajo”, ni hay flamencos perdidos por la Rusia zarista; allí Sevilla nunca estuvo grabada a sangre, fuego y tinta durante la Guerra Civil.

No es sino todas estas cosas a la vez, lo que representa el periódico vespertino más importante que he tenido el placer de presenciar. No por el plástico que cautiva su libertad, preso de las suscripciones inglesas, sino porque bajo ese nubarrón rugoso de tinta ordenada yace el periodista Manuel Chaves Nogales (1897-1944). Justo allí, en ese espacio entre tumbas y sin una lápida que le identifique dignamente, está el mejor periodista español del siglo XX.

Si usted estuviera visitando a un familiar en la misma hilera de este cementerio de North Sheen, situado entre los barrios de Kew Gardens y Mortlake, perteneciendo al municipio de Richmond upon Thames (suroeste de Londres), raramente se daría cuenta de que en ese espacio falta una lápida. Pero puede ser que le ocurra como a mí y tenga que acudir una segunda vez a aquel espacio de la solitaria tierra que queremos apartar a dentelladas secas y calientes.

En la primera ocasión que fui casi me quedé encerrado dentro de tan apacible mortuorio con un celador que empezó a encadenar los accesos de salida.

Mi tan amable acompañante quiso ayudarme en una tarea fallida en un primer momento, pero fue en la segunda intención cuando finalmente pude hallarlo. Y, claro, seguía allí. Dos días antes de mi visita, quizá su nieto, Antony Jones, le dejó aquel periódico gratuito en el que colaboraba con sus columnas en sus días más añiles.

Londres no es menos que el exilio y el olvido de uno de los mejores profesionales de nuestra historia reciente. La sepultura número CR19 no se halla sin algo de pericia. Al lado del supuesto espacio, “no marcado” según los archivos, se erigen dos lápidas de piedra en las cuales rezan nombres de personas que hoy siguen siendo recordadas. Casi tanto como el protagonista de esta historia. Hoy le toca ser contado. Llámenlo justicia periodística.

Yo fui estudiante de periodismo hace no mucho. Y digo estudiante, y no aprendiz, porque los que nos dedicamos a este oficio decimos, a veces pretenciosamente, que no se puede dejar de aprender aquello que siempre querremos que nos enseñen.

En los pasillos de las aulas de una Facultad de Comunicación tuve a uno de los mejores profesores de periodismo que pudo tener nadie. Fue el maestro que siempre estuvo allí. Y Chaves Nogales también fue, a mi pesar, una placa fría y distante colocada en una de las plantas de la Universidad. Escasas fueron las referencias que obtuve del periodista por parte del amodorrado profesorado que tuvo la imposible labor de enseñarle a alguien a ser periodista sólo diciéndole cómo tenía que serlo.

Por suerte existen las videotecas. Allí encontré rápidamente aquella media hora de ensoñación cinematográfica. ‘El hombre que estaba allí’ abrió la veda de la curiosidad bien fundada tras cierto runrún en las redes sociales. La magistral cinta de Daniel Suberviola y Luis Felipe Torrente, de una sensibilidad exquisita, siguió alimentando mis ganas por descubrir aún más sobre la vida de ese hombre de gran porte, fumador compulsivo, que con su otra mano metida en el bolsillo esbozaba una mirada escépticamente periodística. Después vendría la biografía del matador de toros, Juan Belmonte, en forma de reliquia que se puede hallar en la Feria del Libro de la Plaza Nueva.

Y tras él, la espectacular recopilación de María Isabel Cintas Guillén, su gran editora y recuperadora de textos. Hallé en su presentación (“Chaves Nogales. Periodista, liberal, republicano”) una nueva razón para amar esta forma de contar historias. Quizá desempolvar las letras de la Guerra Civil sea uno de los trabajos más ingratos que exista en el oficio de los amanuenses modernos.

Chaves Nogales me decía cómo tenía que ser periodista, pero cumplía el papel fundamental de demostrar, con sus mil y un referencias, que para ser periodista hay que andar. Cada párrafo invitaba en forma de oportunidad a ser aquel hombre que tomaba notas tras el rostro de una mujer mayor con semblante serio y con una mano posada en su rostro. El periodista le añadió una ‘A’ a las siete conocidas ‘P’ del periodismo. Andar, andar y andar.

Al final vino el reconocimiento. Las editoriales se dieron cuenta del éxito que estaba teniendo la repatriación periodística y literaria de Chaves Nogales. Y algunos escritores y periodistas de la talla de Juan Eslava, Andrés Trapiello, Antonio Muñoz Molina o Arturo Pérez Reverte, entre muchos otros, han visto justo y necesario a través de la celebración de foros y ciclos culturales recordar al que ellos mismos consideran “el mejor periodista del siglo XX en España”. De él destacan su lucidez y su valentía en tiempos en los que costaba la vida escribir sin importar el bando del que se formara parte. Porque a pesar de ser amigo personal de Manuel Azaña, desglosó las bestias y los mártires de España con una independencia inédita.

Su hija, Pilar Chaves, ha declarado en varias entrevistas que le gustaría que el cuerpo de su padre fuera repatriado a su ciudad natal, a la Sevilla donde –decía Chaves- no se envejece; y el nieto del periodista, Antony Jones, recalca que le gustaría poder disponer de todo el legado bibliográfico de su abuelo para ponerlo a disposición pública en la capital andaluza. El Ronquillo de la posguerra quedó en un mal sueño y a Pilar siempre le quedará la París en la que más cerca estuvo de su padre.

Casi de manera inconsciente, he ido siguiendo los pasos del periodista –a pesar de la abrumadora distancia que nos separa- con el quinterista genio sevillano con el que paseamos la misma ciudad que besó los labios de muchos compañeros como Miguel de Unamuno o Ramón Valle-Inclán. Tras una parada común en Madrid, quién diría que iba a reencontrarme con él nuevamente en Richmond.

Hoy le toca ser contado. Llámenlo justicia periodística

Ando y cuento a través de los nuevos formatos que siguen adormeciendo al público, incapaz de atender por más de un minuto y medio una información de rigor, cuando pueden llevarse consumiendo contenidos corrompidos durante horas y horas sin importarles el hedor que llevan consigo. Ese que nunca se quita.

Siempre creí -aún lo hago- que para conseguir una respuesta antes había que formularse mil preguntas, y que para escribir una línea había que leer antes tropecientas. No digamos ya para obtener una interpretación –que no opinión-, de los hechos, para de manera certera poder informar un atisbo sobre cualquier ámbito con la máxima honestidad y ecuanimidad posible.

Así lo hizo Manuel Chaves Nogales, y así me lo hace saber en sus obras: biografías, ensayos, crónicas y artículos periodísticos a los que acudo cuando necesito saber, al final, cuál es mi oficio.

A la tumba CR19 del cementerio de North Sheen sigue faltándole una lápida. Y no dejaremos de escribir para que todo el que pase por aquel cementerio sepa que Manuel Chaves Nogales sigue allí. Ahora que tenemos la oportunidad de recordarle tras tantos años silenciado. Cada letra se perpetuará en la memoria, y los aprendices de periodismo del hoy no permitiremos que vuelva a caer en el olvido. Ojalá repatríen a Manuel Chaves Nogales, porque aun estando en aquel cubículo sin identificación, hoy su voz suena más fuerte que nunca en aquel Londres del exilio. Y no le olvidan en su Sevilla: Allí jamás envejece. Ustedes ya saben quién lo contó. Y hoy cuenta más que nunca.

 

 

 

 

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